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El viaje de… la Mujer Tirita

Hablar de la Mujer Tirita después de haber leído su blog durante un par de años es complicado porque tu opinión está sesgada. Así que para que saques tu propia opinión visita una de las perlas de la blogosfera. Mientras, os dejamos con el viaje de…. La Mujer Tirita.

Que si el petróleo sube, que el valor de los pisos baja, que si los transportistas, que si las hipotecas, que los miembros y las miembras… a estas alturas y teniendo en cuenta que se devalúa hasta el valor de mis riñones, lo único que me hace llegar al viernes sin tener un carácter tal como el de un doberman, es pensar en mis vacaciones.

El único respiro que nos queda son las vacaciones. De hecho, yo prefiero quitarme otros “caprichos” durante el año como… ¿comer? para poder irme de vacaciones y hacer lo que no hago durante el resto del año, por ejemplo:
1.- Poder leer un libro y no tener que cerrarlo porque mañana madrugo.
2.- No pensar en dietas.
3.- Descansar.
4.- Ser sociable y “perder” el tiempo.
5.- Ir al cine días que no sean domingo o día del espectador.
6.- Dejar de enumerar cosas y de hacer listas.
7.- …

Así, el año pasado me di un caprichazo y me fui con un grupo de desconocidos a Islandia, a poder levantar la vista, mirar al horizonte y en vez de ver la civilización, ver ovejas, y como mucho a Bjork, que no se puede considerar “civilización”. Fui toda una experiencia en todos los sentidos: desde el punto de vista del destino, es un país increíblemente asombroso. Desde el punto de vista humano, tuve una regresión y volví a los 14 años mentales. Lo duro fue quitarme la renovada edad del pavo una vez en Madrid, eso sí.

Este año, me organizo yo el viaje, lo que entraña un enorme riesgo (la última vez que me organicé un viaje, cogí el avión de vuelta un día después que el resto del grupo), pero eso forma parte de la emoción y además te permite estar dos meses antes pensando y disfrutando ya de las vacaciones.

Irlanda, Escocia y las Highlands. Tres semanas. Sólo espero poder volver toda rellenita de pintas y sabiendo pronunciar correctamente “wednesday”.

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El viaje de… Miguel Olivares

Miguel Olivares es el Director Creativo de la Despensa, agencia creativa que es capaz de trabajar con éxito para clientes tan diferentes ( o quizá no lo sean tanto? ) como Disney y Playboy. Además Miguel tiene un blog personal, untadoennocilla que merece la pena visitar.

El viaje de… Miguel Olivares

Hace apenas dos meses hacía escala en Nueva York. Una escala planeada que lejos de ser un engorro pasó a ser una parte fundamental del viaje. Cuatro días y cuatro noches intensas…

No era mi primera visita al centro del mundo civilizado, por lo que no me extrañé al encontrar a las dos de la mañana comprando en un supermercado, a un hombre que rondaría los 60 años y que empujaba su carrito con una mano mientras sujetaba con la otra un bate de béisbol. Tampoco me extrañó que llevara unas gafas de soldar…

En esta vida hay que experimentar, y sobre todo cuando viajas. Si llegas a un sitio con la capacidad de asombrarte, ¿por qué no convertirte en parte de ese asombro? Con estos pensamientos en mi cabeza decidí realizar un experimento. Para el que no me conozca puede parecerle algo surrealista, pero a modo de información puedo contaros que es “normal” que yo haga este tipo de cosas…

Meses antes del viaje realicé una reserva en un interesante restaurante de la gran manzana. Un sitio muy exclusivo donde según me habían dicho, no me arrepentiría de gastarme una suma mucho más elevada de lo que suelo acostumbrar. Dispuesto a salir a cenar me vestí como la ocasión lo requería, añadiendo un elemento que hiciera posible el experimento. Me puse unas orejas de lobo hechas de peluche y me dirigí al restaurante. La experiencia fue sociológicamente increíble. Nadie dijo nada, de hecho, a mi me dio la impresión de que el trato llegó a ser mejor gracias a la extravagancia. Si, la gente miraba, pero siempre dando la impresión de que bueno, era lo que se podía esperar en Nueva York…

Animado por una noche plagada de anécdotas y una experiencia cuando menos gratificante, al día siguiente al encontrarme un casco de la NASA en medio de una tienda, no pude aguantar la tentación. Con el que ya era mi casco enfundado, procedí a cruzar a pie el puente de Brooklyn como si en la luna me encontrara. Me metí en el papel y atravesé el puente. Yo disfruté, todos los que me iba encontrando disfrutaron. A partir de entonces decidí considerarme neoyorquino de espíritu y todo, por una única razón, ser feliz mola mucho más.

El viaje de… Juan Dominguez

Con esta entrada empezamos la sección del Viaje de …. Y no podemos empezar mejor, nuestro invitado es un buen tipo con el que siempre da gusto hablar. Primero porque sabe mucho de muchas cosas y porque las suele contar casi siempre de forma divertida. Juan es de ese grupo selecto que ha puesto su granito ( gordo ) de arena para que Internet sea lo que es hoy en España . Si no le conoces, no puedes perderte su blog.

El Viaje de … Juan Dominguez

Cuando estaba terminando la carrera estaba obsesionado con el cine; claro que mi obsesión palidecía comparada con la de otros amigos míos, que años después se convirtieron en conocidos directores y productores de cine. Pero en ese momento, cuando todos teníamos veinte años, hacer una película parecía una cosa lejana. Tan lejana como para irnos a Almería con la noble intención de hacer un espagueti western de la única manera posible: sin gastarnos un duro.

Así que en la Semana Santa de aquel año decidimos irnos en cuanto nos fue posible, a casa de un amigo en San José, en pleno Parque Natural del Cabo de Gata, Almería, donde se han rodado cientos de películas del oeste.

El equipo cabía, al completo, en dos coches. Uno en el que íbamos el productor-director-guionista-cámara Tomás, y otros cuatro como yo que haríamos lo que hubiera que hacer: iuminación, vestuario, decorados, e incluso actuación. Nosotros salíamos un día antes que el otro coche, cargado con el actor principal y con el atrezzo y el vestuario porque no teníamos exámenes, y partimos hacia Almería desde Madrid una madrugada gris y resacosa por la celebración previa a la partida.

El viaje a Almería por carretera no es para tomárselo a risa, y menos entonces. La carretera era mala, larga, llena de bares en los que parar, y además necesitábamos comprar una cosa esencial para la producción, concretamente petardos para los efectos especiales y los disparos, porque en Madrid no habíamos sido capaces de encontrarlos en las tiendas de nuestra infancia pero estábamos seguros de que en la mucho más relajada atmósfera de los pueblos andaluces la cosa iba a ser más simple.
Concretamente nuestras esperanzas se centraban en el cordobés municipio de Guarromán, por la simple razón de que nos encantaba el nombre y ninguno habiamos estado allí. No mantendré el misterio, efectivamente en Guarromán encontrar y comprar petardos es sumamente sencillo.

Muchas horas después llegamos a San José, al desastrado pero encantador chalet de los años 50 propiedad de los padres de uno de nosotros. Como el resto del equipo no saldría de Madrid hasta el día siguiente, aquella noche nos entregamos como posesos al baile desaforado en ‘el Pez Rojo’, una discoteca tristemente desaparecida de mucho encanto y marcha. Nos partimos el pecho imitando a los Heroes del Silencio y a los AC/DC, medio ligamos con unas turistas y a la conservadora hora de las siete de la mañana nos fuimos a dormir.

El despertar no pudo ser peor: nos vinieron a avisar de que el otro equipo de la película había chocado a la salida de Madrid, y aunque no había que lamentar víctimas personales, no sabían cuando iban a llegar a San José porque ningún padre quería dejarnos el coche y no había plazas libres en los autobuses hasta tres días después, llegando casi al final del rodaje. No nos quedaba más remedio que hacer uso de la imaginación y empezar a rodar como fuera. La solución más a mano fue convencer al hermano de nuestro anfitrión, Felipe, de que rodara un par de escenas porque se parecía lejanamente al protagonista, y contábamos con que la gente no se diera cuenta de que les habíamos dado el cambiazo.

Felipe, lamentablemente, tenía tanta afición por la pesca como nosotros por el cine, así que después de un día interminable en el que repetimos la misma escena ciento setenta veces porque Felipe no se aprendía las lineas, le dijo al director: -Sabes, Tomás, esto del arte y del cine y tal está muy bien, pero a mi lo que me gusta es pescar.- Con lo que la película tuvo que ser aplazada hasta mejores fechas, y nosotros nos pudimos dedicar a lo que de verdad se nos daba bien, que tampoco era el cine sino tomar copas y hacer turismo por las playas increibles del Cabo de Gata, hablando de las películas que haríamos cuando la suerte nos acompañara mientras pedíamos una cerveza y otra tapa por favor, mirando la duna de la playa de los Mónsul y pensando en que la luna en la mar riela por las noches.

Cuando me pidieron que escribiera sobre un viaje pensé en contar otra cosa, alguna historia de aventuras exóticas o playas ondulantes, pero la verdad es que prefiero contaros esta anécdota y daros un consejo: no vayais al Cabo de Gata. Os dirán que es maravilloso, y lo es, pero si se llena de gente lo será menos.